Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo mira dentro de ti.

el abismo

Muchas interpretaciones pueden dársele a ésta frase de frase de Friedrich Nietzsche, siendo él mismo un filólogo es interesante hacer la exégesis de tales palabras.

Como siempre lo he dicho, uno no se puede casar con una sola creencia en la vida y hay que ampliar los horizontes, teniendo bases sobre las que cimientas tu vida. Incluso si haces cosas que se oponen a éstas estructuras, debe existir la conciencia de que estás obrando mal, y no en el “mal” per se —esa indefinible antítesis del bien—, si no en un camino erróneo al tomado como ideal para el proyecto de vida en el que estás… en tus modos… tus visiones… y… estoy divagando.

A lo que iba es que aunque en sí no soy un partidario de Nietzsche, reconozco su papel de destructor de paradigmas y adversario de los modos de conservadurismo que anquilosan en su decadencia al mundo si no hay antagonistas que testen sus poderes… pero, claro, se mantiene vigente por la necesidad de un centro gravitacional inicial sobre el que se construyan y decostruyan las ideas. Y el hecho de que éste tipo muriera loco y sifilítico, demuestra que fue fiel a su rompimiento con el orden establecido… más deja testimonio de los extremos a los que esa teorética lleva a fin de cuentas.

En fin, siendo el alemán un idioma complicado, y como dijera mi antiguo maestro Marco Aurelio Larios, construye otras maneras de pensamiento pues es en sí un ejercicio de arquitecturas mentales muy distinto al simple inglés y a nuestro bizarro y florido español, la escritura simple de la frase nos ofrece múltiples versiones, desde la sencilla: “ Si miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada”, a la supuestamente más acercada a la germánica original: “Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti”.

Las interpretaciones van desde la idea de que si te abocas a tratar con cosas oscuras con el tiempo tú te vuelves oscuro. Otros dicen que trata sobre el cómo al contemplar lo que está mal en la humanidad, hay cosas que cambian en uno y no se recuperan. Hay quienes apuntan al abismo propio, la personal tiniebla del ser… nuestros oscuros pensamientos, odios, vicios, debilidades, rencores y miedos.

Es precisamente de ésta final versión de la que nace mi interés por escribir las presentes líneas. Hace algunos días estaba con uno de mis más entrañables compañeros de armas tomando… si aunque no lo crean bebí más de una cerveza ese día. Mi camarada se empinó un Jack Daniel’s completo y quedó bastante divagante. Pero yo, sin ver objetivo a embrutecerme me mantuve sobrio.

Pero la frase surgió en torno a la introspección personal que de repente se hace, y por la etapa que ambos estábamos pasando en ese momento. El incierto futuro que se ve menos sonriente que en los días de tierna juventud, pero que da atisbos amargos que colocan sólo a la benevolencia del destino el permitir que nuestras esperanzas y planes lleguen a correcto fin, como un dulce consuelo, que corone el esfuerzo y el tesón.

Pero… ¿Es prudente hacerlo? Contemplar la fosa de tus víctimas devoradas por las bestias de tu crueldad y tu cobardía sintiendo la tortura de llamas eternas producto del temor y el remordimiento.

¿O el sólo horror de tal espectáculo es suficiente para dejarlo en el fondo sin luz en el que todo pasa tras las puertas del diario?

Lo que llegamos a conclusión, y ahora medito, es precisamente que en la integridad de la frase está la respuesta.

Hay cosas que quizá sean imperecederas en el abismo, y hasta el último de tus días mortales — O cuando la mente ceda el camino al olvido patológico— sigan clavando sus espinas en el alma, pero son siempre las más las que deben enfrentarse y  sanearse.

Entrar y liberar a los cautivos, perdonar sus sentencias, curar sus heridas, exterminar las alimañas deformes y hambrientas, es siempre un mantenimiento que debe realizarse, de lo contrario el caos romperá las aldabas y saldrá incendiando la tierra fértil de la vida cotidiana, y cubrirá de pastoso hollín el cielo de las esperanzas.

La sangre esparcida y los ecos de dolor permean las paredes, mas resultan en testimonio simple de lo que ya se fue. Así, es frecuente que sólo tocando ese fondo de la profunda negrura lleguemos al centro… a nuestro centro, y tengamos el equilibrio para dar el siguiente paso. Conocer los confines del abismo es lo que nos lleva siempre al otro lado.

Depende de cada quién si se avanza para bien de ese camino que nos lleva a crecer, o quedarse contemplando para siempre las tinieblas para que estas abran la puerta y nos contemplen. Nos lleven consigo.

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